El EBITDA son las siglas en inglés de Earnings Before Interest, Taxes, Depreciation and Amortization: beneficio antes de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones. Mide lo que genera la actividad principal de una empresa sin tener en cuenta cómo se financia, dónde tributa ni cómo contabiliza el desgaste de sus activos.
EBITDA = Ingresos − Gastos operativos (sin amortizaciones)
= Beneficio neto + Impuestos + Intereses + Amortizaciones
Es muy utilizado porque facilita comparar empresas de distintos países o con estructuras de deuda diferentes: al eliminar intereses e impuestos, se centra en la operativa del negocio. Por eso aparece en ratios como el margen EBITDA (EBITDA sobre ventas), el valor de empresa sobre EBITDA para la valoración y la deuda neta sobre EBITDA para medir el endeudamiento.
Sin embargo, tiene limitaciones serias:
- No es caja. No descuenta las inversiones necesarias para mantener el negocio ni los cambios en el capital circulante. Para eso está el flujo de caja libre.
- Ignora el coste de los activos. En negocios que necesitan mucha maquinaria o infraestructura, las amortizaciones reflejan un gasto real que acabará pagándose.
- No es una medida contable normalizada. Las empresas presentan a veces un «EBITDA ajustado» que excluye gastos a su conveniencia.
Por todo ello, el EBITDA es útil como punto de partida, pero nunca debe usarse solo para juzgar la salud de una empresa.
Ejemplo
Una empresa con 1.000 millones de euros de ventas y 700 millones de gastos operativos tiene un EBITDA de 300 millones. Si sus amortizaciones son de 50 millones, su resultado de explotación (EBIT) es de 250 millones.