La volatilidad mide cuánto varía el precio de un activo alrededor de su media en un periodo determinado. Un activo muy volátil puede subir o bajar con fuerza en poco tiempo; uno poco volátil se mueve de forma más estable.
Se calcula habitualmente con la desviación típica de las rentabilidades, expresada en términos anuales. Una volatilidad del 20% indica que, en un año normal, es frecuente que la rentabilidad se aleje hasta 20 puntos, arriba o abajo, de su media. Los folletos de los fondos la usan para asignar su indicador de riesgo.
La volatilidad no es sinónimo de mala inversión, pero sí de incertidumbre a corto plazo. Históricamente, los activos con mayor rentabilidad esperada a largo plazo, como la renta variable, han sido también los más volátiles. Por eso la relación entre volatilidad y horizonte temporal es clave: quien necesita el dinero en dos años no puede permitirse una caída del 30%; quien invierte a veinte años tiene tiempo para recuperarse.
Hay varias formas de convivir con la volatilidad:
- Diversificar entre activos que no se mueven igual.
- Invertir de forma periódica con DCA, para promediar el precio de compra.
- Mantener un fondo de emergencia, para no verse obligado a vender en plena caída.
- Elegir un nivel de riesgo que permita dormir tranquilo en los peores momentos.
Ejemplo
Las criptomonedas pueden moverse más de un 10% en un solo día, mientras que un fondo de renta fija a corto plazo rara vez varía más de unas décimas en una semana.