Una inversión consiste en destinar dinero a un activo con la expectativa de que genere una rentabilidad futura, ya sea porque aumenta su valor, porque produce rentas (intereses, dividendos, alquileres) o por ambas cosas.
A cambio de esa rentabilidad potencial, el inversor asume riesgo: el resultado puede ser peor de lo esperado e incluso negativo. Como regla general, los activos con mayor rentabilidad esperada son también los que más oscilan.
Los tipos de activos más habituales son:
- Renta variable: acciones de empresas, directamente o a través de fondos y ETFs.
- Renta fija: bonos y letras, préstamos a Estados o empresas a cambio de intereses.
- Inmuebles: viviendas, locales o fondos inmobiliarios.
- Otros: materias primas o criptoactivos, generalmente más volátiles y especulativos.
Tres ideas guían una inversión sensata. La primera, el horizonte temporal: el dinero que necesitarás en pocos años no debería estar en activos que pueden caer mucho. La segunda, la diversificación, para no depender de un único activo. La tercera, los costes: las comisiones reducen la rentabilidad año tras año.
Antes de invertir conviene tener controlados los gastos, un fondo de emergencia completo y ninguna deuda cara pendiente. Y entender siempre en qué se invierte: si no sabes explicar cómo gana dinero un producto, no es para ti.
Ejemplo
Aportar cada mes una cantidad fija a un fondo indexado que replica un índice mundial de acciones es una forma habitual de empezar a invertir a largo plazo.